13 de julio de 2009
Aquí se construye la Iglesia, ¡acércate y coopera!
Por Mar Muñoz-Visoso
Para un diácono permanente de Estados Unidos que perdió su trabajo diario como programador de computadoras, la corresponsabilidad significaba confiar en la Providencia y mantener su compromiso de contribuir un cierto porcentaje del ingreso familiar a la Iglesia, incluso cuando durante meses la familia sólo contó con el salario a tiempo parcial de la esposa para llegar a fin de mes. También significaba no escatimar en su entrega de tiempo y talentos a la comunidad parroquial.
Para un joven sacerdote en Colombia y sus feligreses, la buena administración de los bienes que Dios ha dado a la Iglesia, significaba que aunque no tenía dinero para construir un edificio parroquial muy necesario en un barrio pobre, sus feligreses sí tenían otras riquezas, dones y talentos que estaba determinado a utilizar.
Y así, el continuar dando en tiempos de necesidad se convirtió en un purificador momento de gracia para la familia del diácono; y la comunidad en Colombia consiguió construir su “pequeño pero decente” templo con materiales donados por constructoras locales, la mano de obra de muchos feligreses, y la cocina de las mujeres de la parroquia que ofrecían ánimo y alimento diariamente a los trabajadores.
Estas dos bellas experiencias de corresponsabilidad, sin embargo, parecen chocar a veces en nuestras parroquias en Estados Unidos, especialmente en comunidades donde el gran influjo de nuevos inmigrantes y la progresiva desaparición de las comunidades tradicionales se traducen en una disminución en la colecta.
La forma de entender la corresponsabilidad no es realmente tan diferente en ambos casos. Se trata más bien de dónde ponen el énfasis. En el centro de los malentendidos se encuentran diferentes experiencias de qué es la parroquia, cómo funciona y de sus necesidades materiales.
Crecí en una parroquia en España donde el único que recibía un salario, muy modesto, era el sacerdote. El resto éramos todos voluntarios. No había coordinador de juventud o de catequesis que estuvieran pagados. Sólo unos cuantos feligreses muy comprometidos y luego todos los demás, aunque estábamos bastante organizados. En el aquel contexto particular, el sistema funcionaba bien. Tenía sus ventajas y desventajas.
Nuestra parroquia era vista como una comunidad con mucha vida a pesar de estar localizada en un barrio con pocos recursos. Se organizaban colectas especiales en torno a proyectos específicos. Generalmente la gente era generosa en estas ocasiones y aquellos que no podían donar monetariamente siempre encontraban otras formas de contribuir.
La colecta semanal era otra cosa. Aparte de pagar el agua, la luz, la calefacción y otras necesidades básicas, nuestra parroquia funcionaba con un presupuesto muy limitado. En realidad no teníamos conciencia de dónde salía el salario del sacerdote. Pensábamos que de alguna manera la diócesis se hacía cargo de eso con ayuda del Estado.
Mi experiencia no difiere demasiado de la de muchos católicos latinoamericanos, para quienes la parroquia se refiere más a su gente que a un edificio o territorio, y quienes son ajenos a la idea de tener personal pagado en la parroquia o al uso del sobrecito, y desconocen el coste real del funcionamiento de la parroquia.
Incluso a inmigrantes que han gozado durante algún tiempo de los beneficios de personal contratado e instalaciones parroquiales aquí en “el norte”, les lleva tiempo entender hasta qué punto la parroquia necesita realmente su contribución. Más allá de la experiencia del día a día de que “aquí la parroquia funciona de otra manera”, debe darse un proceso educativo en el que se les explique porqué es así y como eso beneficia a la comunidad. Antes que nada, deben sentirse bienvenidos.
Los feligreses que reciben a las comunidades inmigrantes también necesitan recordar que probablemente tomó tiempo llegar al nivel de compromiso y de confort del que gozaban hasta recientemente, que las comunidades cambian con sus gentes, y que muchas parroquias en los Estados Unidos fueron construidas originalmente en la misma forma en la que nuestros amigos colombianos construyeron la suya.
Al igual que sucede en una familia, la llegada de un nuevo miembro requiere ajustes y adaptaciones. El recién llegado necesita aprender las formas de la comunidad a la cual desde ahora pertenece. A cambio, esa familia que es la comunidad debe ayudarlo a descubrir sus dones, alimentarlo y enseñarlo pero, al mismo tiempo, pedirle su contribución en forma de tiempo, talento y tesoro. En el proceso de dar y recibir todos son transformados.
Mar Muñoz-Visoso es subdirectora de prensa y medios de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos
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